
Me despido de Gamla Stan a través de un impresionante San Jorge misteriosamente parecido a lo que ya he visto del rey Gustavo Vassa, por lo que adivino patrióticas intenciones en el cincel del escultor. En esa misma plaza hay un curioso comercio de abalorios de vidrio donde una artista local ha instalado un pequeño taller de artesanía en el que reinventa las antiguas técnicas suecas del cristal. Me compro un corazón rosado, transparente, con pequeñas láminas de oro flotantes. La Venecia del norte lo es no sólo por sus canales, también el arte del vidrio la emparenta de lejos con su contrapartida mediterránea. No hay nada nuevo bajo el sol, salga por dónde salga y a la hora que quiera.
Ya conozco parte de Estocolmo y todo me empieza a ser felizmente familiar si no fuera porque aún soy incapaz de recordar el nombre de la calle donde vivo. Aún así me muevo sin miedo de acá para allá como pollito neonato correteando nuevos territorios. Saludo en las tiendas con un fonético “hey-ey” que si lo digo rapidito doy el pego como sueca auténtica (acuérdense de la morena-pelirroja de Abba) y digo “tak” (gracias) sin acento alguno, porque díganme si no qué acento puede caber en una simple onomatopeya. La impronta de Estocolmo se completa con mis cenas familiares en casa de Therese o con alguno de sus progenitores. Ella y su novio me dan la bienvenida con el mejor salmón que he probado nunca acompañado de un extraño tubérculo sueco parecido a la patata y con un sabor semi dulce que recuerda muy de lejos a los boniatos.
Días después estoy invitada en casa de su padre a comer una carne típica acompañada de arándanos y un rico puré dulce de postre. Es ésta una cena intercultural que comparto con dos colombianas -la novia del padre de mi amiga y su hija- el hermanísimo rubio hasta los andares de Viktor, el hermano de Therese, ella, su novio y su también rubio (y muy atractivo) papá. El gazpacho lingüístico en que acabamos el bando latino, el sueco y las mediaciones en inglés nos puso al borde del desmayo si no fuera por los copazos de tinto que encajamos entre pecho y espalda. Gracias a esta cena aprendí que el gesto de ponerse una pequeña bolsita blanca en la encía superior y que tanto llamó la atención a mi llegada no era otra cosa que tabaco presionado en un saquito y que muchos suecos usan en lugar de fumar. He aquí donde me paso de lista y le cuento a Viktor con mi inglés más redicho, que en España (a veces) alguien se trae hachís o marihuana y que todos participamos de un hilarante o filosófico fin de fiesta, según se fume el uno o la otra. El novio de Therese me dice que se lo explique a su padre con más detalle y acto seguido me pongo a disertar en inglés sobre las cualidades y efectos de los alucinógenos vegetales como una catedrática en botánica estupefaciente, advirtiendo eso sí, que una no fuma y que sólo se permite unas cuantas caladas compartidas con la concurrencia. Pero ya es tarde. La cara de “peroquébienmeloestoypasando” de mi compatriota lo dice todo. Después me explica que en Suecia está prohibido y perseguido por la ley el consumo de cualquier tipo de droga y que es muy mal visto por la sociedad, incluidos los jóvenes, el hecho de fumar otra cosa que no sea tabaco rubio. Resumiendo, he quedado a la altura de los que se cargaron a Olof Palme. Aún así, Viktor sigue interesado en el tema y, no sé si deshinibido por el efecto de la bolsita, me sigue preguntando con creciente curiosidad. A las colombianas debo haberlas dejado sin habla, pero se parten de risa cuando les digo que una vez un amigo me regaló un puñado de maría seca envuelta en papel de plata que guardé en un cajón junto a las barritas de sándalo y que cada vez que el botín era consumido por los afortunados de turno, todos quedábamos envueltos en los aromáticos vapores de un zoco oriental.
No sé si la charla sobre lo prohibido ha relajado el ambiente, pero lo cierto es que he disfrutado como nunca del hermanamiento latino-sueco. Al volver a casa me encuentro con Mait, la madre de Therese, que me invita a una copa de vino y a contar mis impresiones nórdicas. Al final acabamos cotilleando de amoríos y demás entretenimientos.Las cenas en familia, a tantos kilómetros de casa, me demuestran que la hegemonía de la soledad no siempre tiene por qué abarcar a las tierras extrañas.
Una semana en Estocolmo (1)
Una semana en Estocolmo (3)






6 comentarios:
Me quedo con el último plato.
¿Estaba bueno?
Así me gusta. Tres casas, dos estatatuas y al zampe y el bebercio con los primos, suegros y demás. Solo te había faltado sacar una china y que se animara el sueco a probarlo. Vaya risa.
Encantadores relatos.
Besos
Me ha gustado eso del tabaco que no molesta a los de alrededor. La de cenas que me han dejado mareado y a punto del vómito por la dichosa manía de compartir humos (es superior a mis fuerzas).
Por lo que cuentas, parecen muy civilizados estos suecos. No he tenido el placer, pero me gustaría.
También me agrada el clima de equilibrio que transmites en este viaje.
besos
Muy buenas comentaristas. He estado trabajando a destajo en un par de proyectos que, a día de hoy, ya han salido o están en proceso así que aunque he estado pegada a la pantalla literalmente, mañana, noche y madrugada, sólo me he permitido un descanso para elaborar este post. (Hay que ver lo estresante que es la vida del parado) Como ahora estoy algo más liberada les cuento:
Jaume sí, estaba bueno.
Instigador si saco una china y me pilla la civilizada poli sueca, ni te cuento el plan.
Raindrop lo del equilibrio es personal. Va conmigo donde quiera que vaya, pero sí... Estocolmo y yo estábamos a la par.
Un abrazo a todo el mundo.
Querida Carmen,
Leo tus aventuras con malsana envidia y todo me suena a mi propia vida. Sigue bien. Yo tengo que esperar a declararme en paro.
Un abrazo
¿No es maravilloso viajar?
si yo pudiera viviría arriba de un avión conociendo este maravilloso mundo.
Felicidades.
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